Ataques de pánico: cuando el miedo al miedo acaba controlando tu vida y cómo empezar a recuperarla.
Ataques de pánico: cuando el miedo al miedo acaba controlando tu vida y cómo empezar a recuperarla.

Hay un momento en el que el miedo deja de protegernos
Imagina que estás conduciendo, haciendo la compra, caminando por la calle o incluso tranquilamente sentado en el sofá de casa. ¡Y de repente! Sin previo aviso, tu corazón comienza a latir con fuerza. Notas que te cuesta respirar, el pecho parece cerrarse, las manos te empiezan a hormiguear y una intensa sensación de alarma te invade todo tu cuerpo.
Intentas tranquilizarte, respiras más despacio, te repites que no puede estar pasando nada grave. Pero cuanto más intentas recuperar el control, más parece que se escapa de tus manos.
Entonces aparecen pensamientos como:
¿Y si me está dando un infarto?
¿Y si me desmayo delante de todo el mundo?
¿Y si pierdo completamente el control?
Y sin darte cuenta, en apenas unos minutos, el miedo se convierte en el protagonista absoluto.
¿Pero que ocurre después?
Cuando el episodio termina, lejos de sentir alivio, aparece un nuevo temor aún más difícil de soportar.
¡El miedo a que vuelva a ocurrir!
Y es en ese preciso momento cuando muchas personas dejamos de tener miedo únicamente al ataque, y comenzamos a tener miedo al propio miedo.
Y es ahí donde los ataques de pánico empiezan a ocupar cada vez más espacio en nuestras vida.
¿Qué es un ataque de pánico?
Un ataque de pánico es un episodio repentino de miedo intenso que aparece de forma brusca y alcanza su máxima intensidad en pocos minutos.
Aunque puede surgir durante una situación estresante, también es frecuente que aparezca cuando la persona está aparentemente tranquila: viendo una película, trabajando, conduciendo, paseando o incluso descansando en casa.
Esta imprevisibilidad hace que muchas personas vivamos en un estado de alerta constante, preguntándonos cuándo volverá a ocurrir.
Durante un ataque de pánico el organismo se activa como si estuviera respondiendo a un peligro real.
El problema es que ese peligro no existe. Sin embargo, las sensaciones físicas son tan intensas que resulta completamente comprensible pensar que algo grave está sucediendo. Por eso no es extraño que la primera reacción sea acudir a un servicio de urgencias convencido de estar sufriendo un problema cardíaco o neurológico.
Cuando las pruebas médicas indican que todo está bien, muchos sentimos todavía más desconcierto.
"Si físicamente estoy bien… ¿por qué me siento así?"
La respuesta está en la forma en la que nuestro organismo interpreta determinadas señales y en cómo respondemos a ellas.
Síntomas de un ataque de pánico
Aunque cada persona podemos experimentarlo de una forma distinta, los síntomas más habituales de un ataque de pánico son:
- Taquicardia o palpitaciones intensas.
- Sensación de falta de aire.
- Opresión o dolor en el pecho.
- Mareo o sensación de inestabilidad.
- Hormigueo en manos, brazos, piernas o cara.
- Sudoración excesiva.
- Temblores.
- Escalofríos o sofocos.
- Náuseas o molestias digestivas.
- Sensación de irrealidad o de estar desconectado del entorno.
- Miedo intenso a morir.
- Miedo a perder el control.
- Sensación de que uno puede volverse loco.
Muchas personas describen el episodio como una de las experiencias más aterradoras que han vivido.
Y no porque exista un peligro real, sino porque el cuerpo reacciona como si realmente estuviera luchando por sobrevivir.
¿Es lo mismo un ataque de pánico que una crisis de ansiedad?
Es muy frecuente utilizar ambos términos como si fueran exactamente iguales.
Sin embargo, aunque están relacionados, no significan lo mismo.
Una crisis de ansiedad suele aparecer de manera más progresiva, más lenta. Generalmente está asociada a un periodo de preocupación mantenida en el tiempo, estrés o sobrecarga emocional.
La activación aumenta poco a poco y puede mantenerse durante bastante tiempo.
Por el contrario, un ataque de pánico aparece de forma mucho más brusca.
En cuestión de minutos alcanza una intensidad muy elevada y puede generarnos una sensación de peligro inmediato.
Las personas sentimos que algo terrible nos está ocurriendo en ese mismo instante.
A pesar de estas diferencias, ambos problemas pueden generarnos un enorme sufrimiento y afectar significativamente a la calidad de nuestra vida.
Lo importante no es tanto poner una etiqueta como que comprendamos qué está ocurriendo y aprendamos una forma diferente de responder ante ese miedo.
¿Cuánto dura un ataque de pánico?
Cuando vivimos un ataque de pánico solemos tener la sensación de que nunca va a terminar.
Cada minuto nos parece eterno, y la intensidad de las sensaciones hace que el tiempo lo percibamos de una forma completamente diferente.
Sin embargo, los ataques de pánico tienen una duración limitada.
Habitualmente alcanzan su máxima intensidad durante los primeros minutos y, poco a poco, la activación fisiológica comienza a disminuir.
Aunque cada persona podamos vivirlo de forma distinta, la mayoría de los episodios suelen durar entre diez y veinte minutos.
Después es frecuente sentirnos agotados física y emocionalmente.
Algunas personas continuamos notando cierta tensión durante horas, no porque el ataque siga presente, sino porque permanece el miedo a que vuelva a repetirse.
Y precisamente ese miedo es el que mantiene vivo el problema.
El miedo es como un fantasma
Existe una metáfora que utilizo con frecuencia en mi consulta porque refleja muy bien cómo funciona el miedo.
El miedo es como un fantasma.
Cuando intentamos escapar de él, parece hacerse cada vez más grande.
Cuanto más corremos para alejarnos, más sentimos que nos persigue.
Sin embargo, cuando dejamos de huir y aprendemos a mirarlo de frente a la cara, ese fantasma empieza poco a poco a perder fuerza.
No desaparece porque luchemos contra él.
Desaparece porque deja de dirigir nuestras decisiones.
Y comprender esta idea resulta fundamental para que entendamos por qué los ataques de pánico pueden mantenerse durante tanto tiempo.
¿Por qué los ataques de pánico terminan repitiéndose?
Si hemos sufrido un ataque de pánico, es muy probable que después nos hayamos hecho esta pregunta:
"¿Qué puedo hacer para que no vuelva a pasarme?"
Esta es una reacción completamente normal.
Después de vivir una experiencia tan intensa, nuestro cerebro intenta protegernos para evitar que vuelva a repetirse. El problema es que, sin darnos cuenta, muchas de las estrategias que utilizamos para sentirnos seguros terminan convirtiéndose en el combustible que alimenta a ese miedo.
Desde la Terapia Breve Estratégica entendemos que el problema no suele mantenerse por lo que ocurrió el primer día, sino por todo lo que las personas hacemos después intentando evitar que vuelva a suceder.
En otras palabras, no nos centramos únicamente en buscar el origen del problema, sino en descubrir qué soluciones estamos utilizando las personas y cómo esas soluciones, aunque nos parezcan lógicas, están manteniendo el círculo del pánico.
Cuando el miedo empieza a decidir por nosotros
Después del primer ataque muchas personas cambiamos nuestra forma de vivir.
- Lo hacemos con la intención de protegernos.
- Empiezamos a estar más pendientes de nuestro cuerpo.
- Dejamos de hacer determinadas actividades.
- Necesitamos ir acompañadas a algunos lugares.
- Evitamos quedarnos solas.
- Solemos llevan siempre un ansiolítico o el teléfono móvil preparado por si necesitamos pedir ayuda.
Todo parece tener sentido. Y, de hecho, durante unos minutos nos proporciona una sensación de tranquilidad.
Pero esa tranquilidad tiene un precio muy alto ya que cada una de esas conductas le está diciendo a nuestro cerebro que el peligro realmente existe.
Y si el peligro existe, el organismo seguirá manteniéndose en estado de alerta.
Y es así, que comienza un círculo del que resulta muy difícil salir.
Primera solución intentada: intentar controlar nuestro cuerpo
Cuando vivimos un ataque de pánico comienzamos a observar nuestro cuerpo de una forma completamente diferente.
Empezamos a prestar atención a detalles que antes pasaban desapercibidos para nosotros.
- ¿Mi corazón está latiendo demasiado deprisa?
- ¿Estoy respirando correctamente?
- ¿Y si este mareo significa que está empezando otra vez?
Cada pequeña sensación se convierte en una señal de alarma para nuestro cuerpo, y es entonces cuando aparecen nuestros intentos de querer controlar todo lo que nos despiesta ese malestar.
- Intentamos respirar de una determinada manera.
- Nos tomamos el pulso.
- Comprobamos constantemente cómo nos encontramos.
- Buscamos cualquier indicio de que todo está bajo control.
Sin embargo, ocurre algo paradójico.
Cuanto más intentamos controlar lo que hace nuestro cuerpo de forma automática, más consciente se vuelve de esas sensaciones.
Y cuanto más consciente es, más nervioso se pone.
En Terapia Breve Estratégica utilizamos una idea que resume perfectamente este proceso:
"El intento de controlar aquello que funciona espontáneamente termina haciéndonos perder el control."
- Nuestro corazón sabe latir sin que tengamos que supervisarlo.
- Nuestra respiración sabe adaptarse a cada situación.
Pero cuando intentamos dirigir voluntariamente procesos automáticos, terminamos alterándolos.
Segunda solución intentada: buscar seguridad constantemente
Otra estrategia muy frecuente consiste en sentirnos seguros únicamente cuando existen determinadas condiciones.
- Hay personas que nunca salen de casa sin llevar la medicación.
- Otras personas necesitan tener siempre cerca una botella de agua.
- Algunas buscan continuamente hospitales, farmacias o lugares donde podrían recibir ayuda si ocurriera algo.
- También es habitual necesitar que alguien acompañe a la persona para sentirse protegida.
A corto plazo estas conductas tranquilizan. Pero también crean una dependencia.
Sin querer, la persona empieza a pensar:
- "Si necesito todo esto para salir de casa, será porque realmente corro peligro."
Y esa idea hace que el miedo siga creciendo.
No es la botella de agua la que mantiene el problema.
Es la creencia de que sin ella no seríamos capaces de afrontar la situación.
Tercera solución intentada: evitar aquello que produce miedo
Probablemente esta sea la estrategia más conocida.
Y también una de las más engañosas.
- Si el ataque apareció conduciendo, dejamos de conducir.
- Si ocurrió en un supermercado, empezamos a evitar los supermercados.
- Si apareció en un autobús, buscamos cualquier alternativa para no volver a subir.
La evitación produce un alivio inmediato, y precisamente por eso resulta tan peligrosa. Cada vez que evitamos una situación sentimos que hemos conseguido protegernos, pero nuestro cerebro aprende algo muy distinto.
Aprende que escapar era necesario. Y la próxima vez el miedo será todavía mayor.
Tengamos presente:
"El miedo evitado se convierte siempre en un miedo más grande."
- Poco a poco dejamos de evitar un lugar.
- Después evitamos dos.
- Luego tres.
Hasta que un día descubrimos que nuestra vida gira alrededor del miedo.
Cuarta solución intentada: necesidad de tranquilizarnos constantemente
Otra conducta muy habitual consiste en buscar continuamente confirmación de que no va a ocurrir nada.
Preguntamos una y otra vez:
- ¿Crees que esto es ansiedad?
- ¿Seguro que no me va a pasar nada?
- ¿Y si esta vez es diferente?
- También buscamos información constantemente en Internet.
- Leemos experiencias de otras personas.
- Consultamos síntomas.
- Intentamos encontrar una explicación que nos lleve a la calma.
Durante unos minutos funciona. Pero esa tranquilidad dura muy poco y enseguida aparece una nueva duda. Y necesitamos volver a buscar otra respuesta.
Así comienza una dependencia de la tranquilidad.
El problema es que ninguna tranquilidad externa consigue apagar un miedo que seguimos alimentando desde dentro.
Cuando las soluciones se convierten en el problema
Todas estas estrategias que hemos mencionado previamente tienen algo en común:
- Nacen de una buena intención.
- La persona no quiere empeorar.
- Quiere protegerse.
- Quiere volver a sentirse bien.
Sin embargo, sin darsos cuenta, acabamos construyendo una vida cada vez más limitada.
El miedo deja de aparecer únicamente durante los ataques y empieza a estar presente antes, comienza a quitarnos cada vez más una parcela de nuestra vida.
Las personas ya no vivimos pendientes de lo que está ocurriendo.
Vivimos pendiente de lo que temos que pueda ocurrir.
Y ese cambio marca la diferencia entre haber sufrido un ataque de pánico y comenzar a desarrollar un verdadero trastorno de pánico.
¿Cómo trabajamos los ataques de pánico desde la Terapia Breve Estratégica
?
Una de las preguntas que más escucho en consulta es:
"¿Por qué sigo teniendo ataques de pánico si sé que no me voy a morir?"
Y la respuesta suele sorprender.
Porque el problema no está en la falta de información.
La mayoría de las personas que llegan a consulta ya han leído mucho sobre la ansiedad. Han buscado información en Internet, han visto vídeos, han leído libros e incluso han recibido explicaciones sobre lo que les ocurre.
Sin embargo, el miedo continúa.
Esto sucede porque el miedo no desaparece únicamente comprendiendo cómo funciona.
Si así fuera, bastaría con leer un artículo para dejar de sufrir ataques de pánico.
Pero quienes los han vivido saben que no es tan sencillo.
Desde la Terapia Breve Estratégica, el objetivo no es analizar durante meses por qué apareció el problema, sino descubrir qué lo mantiene vivo en el presente y ayudar a la persona a cambiar esa forma de relacionarse con el miedo.
Por eso, el tratamiento siempre se adapta a cada caso concreto.
No existen recetas universales. Cada persona construye el problema de una manera distinta y, por tanto, también necesita una intervención adaptada a su forma de mantenerlo.
El objetivo no es eliminar el miedo
Existe una idea que suele generar tranquilidad desde la primera sesión.
El objetivo de la terapia no es que nunca más vuelvas a sentir miedo.
Sería imposible.
El miedo es una emoción necesaria.
Gracias a él reaccionamos cuando existe un peligro real. Nos ayuda a protegernos y forma parte de nuestro sistema de supervivencia.
El problema aparece cuando el miedo deja de protegernos y comienza a limitarnos,
cuando empezamos a dejar de hacer cosas por miedo, cuando nuestras decisiones ya no las toma la libertad, sino la ansiedad.
Es en ese momento cuando el miedo deja de cumplir su función y empieza a dirigir nuestra vida.
Por eso el trabajo terapéutico consiste en conseguir que vuelva a ocupar el lugar que le corresponde.
Ni más. Ni menos.
Aprender una forma diferente de responder
Durante el tratamiento no buscamos que la persona deje de sentir determinadas sensaciones físicas. Lo que buscamos es que deje de interpretarlas como una amenaza constante.
Porque cuando cambiamos la manera de responder al miedo, el propio miedo empieza a transformarse. Poco a poco, las personas recuperamos situaciones que habíamos abandonado.
Vuelve a conducir.
Vuelve a viajar.
Vuelve a salir sola.
Recupera actividades que antes evitaba.
Y, sobre todo, recupera la confianza en sí misma.
No porque haya desaparecido toda la ansiedad. Sino porque ha dejado de vivir pendiente de ella.
¿Se pueden superar los ataques de pánico?
Esta es, probablemente, la pregunta más importante de todo el artículo.
Y la respuesta es sí.
Los ataques de pánico pueden superarse.
No porque la persona consiga controlar absolutamente todas las emociones que experimenta. Sino porque aprende a dejar de alimentar el círculo que mantenía el problema.
Muchas personas llegan a consulta convencidas de que nunca volverán a hacer una vida normal. Piensan que siempre dependerán de otra persona para salir.
Que nunca volverán a conducir, que siempre necesitarán llevar medicación, agua o cualquier otro objeto que les haga sentirse seguros.
Sin embargo, cuando dejan de sostener las estrategias que alimentaban el miedo, comienzan a recuperar poco a poco aquello que habían perdido.
Y con ello recuperan algo todavía más importante.
Su libertad.
La vida que el miedo había detenido.
Preguntas frecuentes sobre los ataques de pánico
¿Un ataque de pánico puede provocar un infarto?
Aunque las sensaciones físicas pueden parecer muy similares, un ataque de pánico no provoca un infarto en una persona sana. No obstante, si aparecen síntomas nuevos o existe cualquier duda sobre un posible problema médico, siempre es importante acudir a un profesional sanitario para realizar una valoración adecuada.
¿Es peligroso un ataque de pánico?
Los ataques de pánico generan una sensación muy intensa de peligro, pero por sí mismos no suelen poner en riesgo la vida. Lo que sí pueden provocar es un gran sufrimiento emocional y limitar significativamente la vida de quien los padece.
¿Cuánto tiempo tarda en superarse un trastorno de pánico?
No existe un tiempo igual para todas las personas. Cada caso es diferente y depende de múltiples factores, como el tiempo que lleva presente el problema o las estrategias que lo mantienen. Lo importante es recordar que existen tratamientos psicológicos eficaces y que muchas personas consiguen recuperar su bienestar.
¿Necesito medicación para superar los ataques de pánico?
Cada situación debe ser valorada de forma individual. En algunos casos el médico puede considerar oportuno el uso de medicación. Sin embargo, el tratamiento psicológico resulta fundamental para ayudar a la persona a modificar las dinámicas que mantienen el problema y recuperar su autonomía.
¿Cuándo debería acudir al psicólogo?
Si el miedo a sufrir un nuevo ataque está condicionando tu vida, has empezado a evitar lugares o situaciones, dependes cada vez más de otras personas o sientes que has dejado de hacer cosas importantes para ti, puede ser un buen momento para buscar ayuda profesional.
¿Necesitas ayuda?
Soy Tamara García, psicóloga general sanitaria, especialista en Terapia Breve Estratégica y directora del Centro de Terapia Breve Tamara García, un centro de psicología 100 % online en España desde el que acompaño a adultos y parejas.
Cada semana trabajo con personas de diferentes lugares de España como puede ser Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Huelva y muchas otras ciudades.
Gracias a la terapia online, puedes recibir atención psicológica personalizada sin importar dónde vivas. Este modelo de terapia permite romper con las diferentes barreras geográficas.
Si sientes que este problema está condicionando tu día a día, estaré encantada de acompañarte para ayudarte a recuperar el control de tu vida.
Porque el objetivo de la terapia no es aprender a vivir con miedo, sino recuperar la libertad para vivir sin que el miedo decida por ti.
Otros artículos que pueden ser de tu interés:










